
Un rayo de sol
le cosquilleó la nariz.
Frunció los ojos
antes de abrirlos
y se desperezó,
deslumbrado por el hilo de luz
que parecía perseguir
su pestañas.
Pardeó para apartarlo
y giró
hundiendo la cara
en la almohada.
Olía a sueño
y a despertar lento.
Rodó como un gato
y se levantó.
Se acercó a la ventana
y miró el jardín.
Las cañas del estanque
repiqueteaban
tañidas por la suave brisa
que peinaba la hierba alta,
Abrió los brazos,
se rodeó los hombros,
y se abrazó.
Hacía tiempo
que había aprendido el truco
que le hacía creer
que no estaba solo.
